Venezuela hoy no es simplemente una nación en crisis. Es un Estado fallido: corroído por el crimen organizado, capturado por un narco-régimen y aún más desestabilizado por una “oposición” que demasiadas veces ha funcionado como mera disidencia controlada. Durante más de dos décadas, el proyecto chavista – engendrado por Hugo Chávez, el difunto caudillo comunista, y posteriormente continuado por Nicolás Maduro, su sucesor designado y líder autoritario hasta su captura por fuerzas estadounidenses en enero de 2026— ha desmantelado sistemáticamente la soberanía, las instituciones y la economía del país.
Durante décadas previas al ascenso de Chávez, los venezolanos habían soportado gobiernos dominados por partidos de izquierda que prometían democracia, pero entregaban corrupción, mala gestión y despojo de los recursos públicos. Desde 1958 en adelante, estos partidos socavaron gradualmente la confianza en el sistema, presentándose como reformistas mientras saqueaban los bancos y afianzaban las redes de favoritismo y corrupción.
A finales de los años 80, la clase política venezolana estaba totalmente desacreditada y la frustración popular había llegado al límite. Ese clima de desilusión abrió el camino para una figura que pudiera presentarse como distinta al establishment (al orden político establecido).
Fue en este contexto que surgió Chávez, presentándose como la alternativa frente a un orden corrupto e ineficaz que los venezolanos despreciaban. Como comandante militar devenido en golpista fracasado, fue proyectado no como un político tradicional, sino como un outsider dispuesto a confrontar a los partidos atrincherados.
Durante su rendición televisada tras el fallido golpe de 1992, Chávez pronunció las palabras “por ahora” —una frase que implicaba que su lucha estaba solo temporalmente detenida, no derrotada. Aquella declaración desafiante transformó su imagen pública, elevó su perfil y le permitió canalizar la ira popular hacia una aparentemente nueva identidad política.
Sin embargo, lo que parecía una ruptura con el pasado fue, en realidad, la continuidad de la misma corriente ideológica que había gobernado desde 1958, solo que en una versión más radical y autoritaria.

Así nació la opoficción en Venezuela: una oposición ficticia y un relato marxista – progresista cuidadosamente diseñado para preservar el poder.
Al absorber el viejo aparato de la izquierda y revestirlo bajo su liderazgo, Chávez no desmanteló la corrupción del pasado; la reconfiguró para ponerla al servicio de su proyecto de extrema izquierda. Así, se presentó como la alternativa virtuosa mientras, en realidad, impulsaba una agenda todavía más radical —una que exaltaba las antivirtudes y consolidaba su control sobre Venezuela.
Las consecuencias son devastadoras. El colapso de una nación con las mayores reservas probadas de petróleo del mundo ha generado uno de los mayores éxodos humanitarios de la historia moderna, con casi un tercio de los venezolanos forzados al desplazamiento. El tejido social ha sido destrozado, las familias separadas y toda una cultura arrasada, mientras el país se ha convertido en una plataforma central para el tráfico de drogas en todo el hemisferio. Esto no es política convencional, sino la institucionalización de la criminalidad y el terrorismo de Estado a escala continental.
El presidente Donald Trump reconoció lo que gran parte de la comunidad internacional no quiso admitir: que el régimen de Maduro es ilegítimo, operando como un cártel de narcotraficantes bajo la fachada de un gobierno. La política de America First (América Primero) del presidente Trump se negó a normalizar la tiranía, colocando la seguridad del pueblo estadounidense por encima de todo. Estas son drogas que terminan en las calles de los Estados Unidos, matando a ciudadanos americanos, razón por la cual confrontar al narco-régimen de Maduro fue, ante todo, una cuestión de proteger a los Estados Unidos. Al cortar sus fuentes de ingreso y aplicar presión sostenida, Trump mostró la claridad y la firmeza de liderazgo necesarias para enfrentar a un sindicato criminal transnacional disfrazado de Estado.

Hoy Venezuela está atrapada entre dos bloques políticos. De un lado, el chavismo —el partido en el poder—, que forma parte del Foro de São Paulo, una coalición internacional de partidos comunistas que durante décadas ha servido como escudo transnacional de regímenes autoritarios en América Latina, y que en sus inicios fue fundada por Fidel Castro y Lula da Silva.
Del otro lado está la opoficción: una oposición fabricada que no está menos atada a redes internacionales. Esta se articula dentro de la Internacional Socialista, una coalición global de partidos socialistas encabezada actualmente por el primer ministro de España, Pedro Sánchez. Lejos de ofrecer a los venezolanos una alternativa genuina, esta “oposición” permanece anclada en el mismo marco ideológico que el régimen al que dice enfrentarse. No representa una ruptura, sino la prolongación del modelo chavista: una máscara distinta para perpetuar el mismo poder.
Venezuela ha pasado por una larga rotación de supuestos líderes opositores — el más notable, Juan Guaidó (2019–2023), quien se autoproclamó presidente encargado en “desafío” a Nicolás Maduro. Sin embargo, Guaidó fue en sí mismo un producto del partido socialdemócrata Voluntad Popular, parte del mismo establishment que afirmaba combatir.
Guaidó no fue la excepción. Antes y después de él, otros nombres han ocupado el escenario opositor con el mismo libreto: Henrique Capriles, María Corina Machado y, más recientemente, Edmundo González. Todos, aunque con estilos aparentemente distintos, han terminado encajando en la misma arquitectura de la opoficción, una oposición funcional que legitima al chavismo mientras simula enfrentarlo.
HENRIQUE CAPRILES: LAS CONTRADICCIONES DE UN FALSO OPOSITOR
Henrique Capriles Radonski ha sido, por más de una década, la promesa incumplida de una oposición que nunca se atrevió a ser real. Hoy, su última contradicción lo deja al descubierto: aquel hombre que en el pasado acusaba al chavismo y a la cúpula militar de ser narcotraficantes, ahora le exige al presidente Donald Trump “pruebas” para sostener lo que el pueblo venezolano padece en carne viva y el mundo entero ya conoce.
No hace falta una memoria larga para recordar a Capriles señalando en entrevistas y discursos que el régimen chavista estaba corrompido hasta los huesos por el narcotráfico, que los militares estaban “metidos hasta el cuello” en negocios oscuros y que el Estado había sido convertido en un cártel con fachada política. Sin embargo, la coherencia nunca fue su virtud: hoy actúa como si esas denuncias jamás hubieran salido de su propia boca.
Es más, —como es habitual en la opoficción—, Capriles termina haciéndole el juego al chavismo al plantear, en una entrevista con CNN el 29 de agosto de este año, que Maduro y Trump deben dialogar y negociar, bajo el argumento de que Maduro está dispuesto a hacerlo.
La pregunta es inevitable: ¿qué cambió? ¿Acaso el chavismo dejó de ser un narco-régimen, o fue Capriles quien eligió rendirse a la convivencia con sus propios verdugos?
Capriles, un autoproclamado marxista-leninista —que en años recientes ha intentado proyectarse como un líder “moderado”— ha transitado históricamente por las filas de Primero Justicia, partido surgido en los años 2000 bajo un discurso de “centro humanista”. En la práctica, sin embargo, este partido terminó integrándose a la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), coalición que durante más de dos décadas ha funcionado como fachada de oposición dentro del sistema chavista: una izquierda blanda que, lejos de confrontar al poder, ha terminado garantizando la supervivencia del mismo régimen al que dice oponerse.
No lo digo yo: el 14 de febrero de 2012, el entonces secretario general de la Internacional Socialista, Luis Ayala, elogió públicamente la agenda progresista de Capriles.
La historia registra dos momentos clave:
En 2012, Capriles se enfrentó en elecciones a Hugo Chávez en su ocaso, con un país clamando por un cambio. Los números revelan que Capriles obtuvo una mayoría que fue borrada por la maquinaria del fraude. En lugar de defender esa victoria, optó por el silencio cómplice.
En 2013, tras la muerte de Chávez, con un Maduro débil, impopular y sostenido apenas por la inercia del poder, Capriles volvió a ganar elecciones… y volvió a entregar. Llamó a “canalizar la arrechera” y terminó sofocando la indignación de millones en el pantano del conformismo.
Fueron dos elecciones presidenciales históricas que pudieron quebrar al régimen, pero terminaron negociadas y enterradas por quien prefirió proteger su lugar dentro del sistema antes que asumir el costo de liberar a Venezuela.
Desde entonces, Capriles ha transitado una cómoda senda de crítico suave: reclamando reformas, participando en farsas electorales y compartiendo la mesa política con el chavismo. Esa convivencia, disfrazada de institucionalidad, solo ha servido para apuntalar un sistema que debía ser confrontado de raíz.
Hoy, el cinismo de Capriles se multiplica: ataca al único líder global que ha enfrentado al chavismo sin ambigüedades —Donald Trump—, exigiendo pruebas que él mismo antes proclamaba con fuerza. La contradicción no es casual: confirma que Capriles no juega a derrotar al chavismo, sino a administrar la tiranía junto a ellos.
Como si fuera poco, Capriles también ha sido un fuerte crítico de las medidas arancelarias impuestas por la administración Trump a los países que compran petróleo a Venezuela. ¿Qué más te puedo decir?
Henrique Capriles encarna uno de los rostros más evidentes de la opoficción: esa falsa oposición que se disfraza de alternativa pero que, en realidad, colabora con el régimen, vende triunfos, desvía la indignación y conduce el pueblo a la resignación.
La historia política de Capriles no es la de un luchador derrotado por un sistema implacable, sino la de un dirigente que, teniendo la victoria en las manos, prefirió entregarla y acomodarse en las estructuras del poder que decía enfrentar, sentándose en la mesa que sostiene al régimen.
La contradicción de Capriles no es un error aislado, sino el resumen de toda su carrera: acusar para luego retractarse, ganar para luego entregar, prometer para luego convivir. Por eso, su papel no es el de un opositor íntegro, sino el de un colaborador que sirvió de válvula de escape al chavismo. Por lo mismo, quienes de verdad se sacrifican por la libertad de Venezuela saben que la historia recordará a Capriles no como el que luchó por derrotar al chavismo, sino como el que lo legitimó hasta el último día.

JUAN GUAIDÓ: EL ESPEJISMO DEL “PRESIDENTE ENCARGADO” Y LA GRAN ESTAFA FINANCIERA CONTRA VENEZUELA
Juan Guaidó fue el mayor fraude emocional de la historia reciente venezolana, diríase que uno de los mejores productos de la policía política (G2) cubana. Presentado como la “esperanza internacional” y respaldado por gobiernos extranjeros, terminó convertido en un instrumento de contención que salvó al régimen en su peor momento. En lugar de provocar un quiebre real, administró la frustración popular, firmó pactos ocultos, mantuvo embajadas inútiles y, mientras el pueblo moría de hambre y represión, él viajaba y negociaba cuotas de poder.
Su traición no fue solo política, sino también financiera. Guaidó protagonizó la mayor estafa internacional contra la causa venezolana, convirtiéndose en el verdugo económico de la esperanza de millones. Para ello, desvió fondos de la USAID —la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional—, junto con recursos de otros programas extranjeros saqueados con el mismo fin, que en teoría debían servir para liberar a Venezuela.
Mientras tanto, Guaidó levantaba una estructura de “funcionarios” ficticios — ministros y representantes inventados— creada únicamente para justificar el flujo de millones de dólares. Ese dinero nunca llegó a la resistencia ni financió la libertad: se esfumó en cuentas privadas, lujos de burócratas y corrupción importada con pasaporte opositor.
Entre los escándalos más notorios de la gestión de Juan Guaidó sobresale, en primer lugar, el caso Cúcuta (2019). Bajo su dirección estalló el llamado Cucutazo, un escándalo de corrupción cuando el “gobierno interino” recibió fondos y ayuda humanitaria en la frontera con Colombia, pero funcionarios enviados por Guaidó los desviaron en gastos personales, hoteles y fiestas en lugar de destinarlos al pueblo venezolano. Este episodio dejó en evidencia la corrupción detrás de la fachada “humanitaria” y debilitó la causa opositora mientras beneficiaba al régimen.
Un segundo episodio fue el saqueo de Monómeros, la empresa estratégica en Colombia que, bajo control de la llamada “gestión Guaidó”, terminó arruinada y convertida en botín de mafias políticas, a pesar de su importancia para la industria venezolana.
Finalmente, se suma el manejo opaco de CITGO, la filial petrolera en Estados Unidos, donde Guaidó promovió nombramientos cuestionados y contratos dudosos, consolidando un esquema que benefició a los mismos círculos de poder de siempre, mientras la promesa de transparencia se desmoronaba.
El espectáculo de 2019 alrededor de Juan Guaidó fue la comprobación irrefutable de este engaño. Vendido como un punto de inflexión histórico, fue en realidad una maniobra cuidadosamente orquestada para comprarle tiempo al chavismo. Al presentar a la presidencia a esta figura controlada, el régimen extendió su supervivencia mientras mantenía distraídos a los actores internacionales con la ilusión de un conflicto democrático.
El patrón ha sido consistente y siempre en contra de la justicia. Durante el gobierno de Joe Biden, la liberación de prisioneros incluyó a los sobrinos de Maduro, condenados por narcotráfico en Estados Unidos tras ser capturados con 800 kilos de cocaína, así como la escandalosa liberación y devolución a Venezuela de Alex Saab, el mayor lavador de dinero y operador financiero de la dictadura.
Estas liberaciones no fueron fruto de gestiones de una oposición auténtica, sino el resultado directo de la llamada mesa de Barbados, disfrazada bajo el relato de una supuesta “transición democrática” y de unas “elecciones libres” que jamás existieron. En realidad, todo formó parte de un esquema para garantizar impunidad y recuperar a sus fichas clave que habían sido capturadas durante el gobierno de Trump.
Este concepto —impulsado por figuras opositoras cuidadosamente aprobadas por el propio régimen y avaladas por ciertos aliados internacionales— se presenta como una vía de reforma gradual y diálogo hacia la “democracia”. En realidad, funciona como un mecanismo diseñado por la inteligencia cubana para preservar la red de complicidades que ha sostenido al chavismo en el poder, reciclando rostros “nuevos” como el de María Corina Machado.

María Corina Machado calificó el canje que permitió el regreso de Alex Saab a Venezuela como “un episodio dentro de esa ruta de construcción” hacia unas elecciones “libres y justas”. Reconoció además haberse “involucrado” en las negociaciones de la mesa de Barbados y en la “complementaria” entre Estados Unidos y Venezuela para “contribuir” a ese objetivo.
La llamada “transición negociada” no es más que una estafa política: un espejismo diseñado para prolongar la agonía de Venezuela, mantener el negocio de los operadores y garantizar que la tiranía nunca rinda cuentas.
En las últimas semanas, Roger Stone —el asesor político de mayor trayectoria del presidente Trump— ha denunciado y expuesto públicamente al congresista de Florida Carlos Giménez —cuya oposición al régimen cubano es meramente retórica— por mirar hacia otro lado mientras una empresa contratista de defensa radicada en Florida hace negocios en el Puerto de Mariel bajo la supervisión militar cubana. Stone también ha señalado que Giménez ha encubierto las operaciones de inteligencia cubana en la Universidad Internacional de la Florida (FIU) —una amenaza directa a la seguridad nacional y una profunda traición moral a la comunidad cubana exiliada.
Es verdaderamente alarmante y humillante que ahora veamos al congresista Carlos Giménez almorzando hace apenas unos días con Juan Guaidó, pese a todo lo que se conoce sobre el modus operandi de este personaje: un traidor a los venezolanos que luchan por su libertad y responsable de desviar fondos de la USAID que estaban destinados a la supuesta liberación de Venezuela.
Más grave aún es que un representante del Congreso de los Estados Unidos, con pleno acceso a la información y antecedentes de estos hechos, decida prestarle legitimidad a Guaidó. Con ello compromete su propio juicio político y queda asociado a la fachada de una oposición falsa que solo ha servido para prolongar la vida del chavismo y la continuidad de la dictadura cubana. Esto ha generado un profundo descontento tanto en la comunidad venezolana exiliada en el sur de Florida como en el exilio cubano.

MARÍA CORINA MACHADO: LA HEREDERA DISFRAZADA DE RADICAL
Es un hecho que, en los últimos 26 años, la mal llamada oposición venezolana ha exhibido una interminable procesión de mesías payasos. Su más reciente creación —promovida por el propio régimen bajo la fachada de oposición— es María Corina Machado, quien se presenta como la voz “dura” e incorruptible frente al chavismo. Sin embargo, su trayectoria revela la misma incoherencia de convivencia con el poder que caracterizó a los anteriores.
Machado se ha proyectado como el principal rostro de la resistencia. Desde su partido liberal Vente Venezuela y al frente de la Plataforma Unitaria Democrática —una coalición que asegura trabajar por la “restauración de la democracia”—, ha intentado consolidar una imagen de firmeza y ruptura. En cada discurso y campaña insiste en la promesa de acabar con el chavismo y liberar a Venezuela de la dictadura.

Pero detrás de esa fachada de firmeza se esconde una realidad mucho más oscura. Lejos de representar una ruptura con el sistema, Machado jugó un papel central en despojar al pueblo venezolano de sus medios de autodefensa, promoviendo el desarme de la misma población que dice defender. Así, mientras se proclama como alternativa, en los hechos contribuyó a dejar indefensos a los venezolanos frente al sanguinario poder del régimen.

La complicidad de Machado incluso traspasa fronteras. Al abrazar marcos globalistas que erosionan la soberanía y participar en foros como la Internacional Socialista, se alinea con las mismas corrientes ideológicas que sostienen a la dictadura. La “oposición” de Machado no solo ha fracasado en desmontar al chavismo: ha actuado como su facilitadora, reforzando el mismo sistema de control que asegura desafiar.


María Corina Machado es parte de ese engranaje que se alimenta de la dictadura para perpetuarse como “oposición eterna”. No plantea una ruptura real, sino una administración maquillada del chavismo, bajo su propio sello personal de “Dama de Hierro”.

EDMUNDO GONZÁLEZ: DE EMBAJADOR DE CHÁVEZ A CANDIDATO PRESIDENCIAL DISFRAZADO DE CAMBIO
Edmundo González no es un opositor, sino un instrumento histórico del chavismo. Fue embajador de Hugo Chávez en Argentina entre 1999 y 2002, período en el que actuó como la voz oficial del régimen en ese país, defendiendo y legitimando la agenda chavista ante la región, mientras Venezuela comenzaba a ser desmantelada institucionalmente.
Lejos de romper con ese proyecto, González continuó sirviendo al chavismo como funcionario en el área de planificación y estrategia ministerial, cargo que ocupó hasta la muerte de Chávez. Su repentina aparición como “candidato opositor” no fue más que otro capítulo de la opoficción, diseñado para proveerle sustento a la tiranía sin cuestionar jamás sus cimientos.
Durante su período como embajador de Chávez en Argentina, y también después, González promovió la incorporación de Venezuela al MERCOSUR, el bloque económico y político regional de América del Sur. En su libro La incorporación de Venezuela al MERCOSUR: Implicaciones políticas en el plano internacional, González elogió a Chávez por haber logrado el ingreso del país al bloque.
Para Venezuela, aquella incorporación a MERCOSUR bajo Chávez fue, en realidad, una jugada de legitimación internacional. Jamás se tradujo en beneficios económicos para los venezolanos, sino en respaldo diplomático para el chavismo. En la práctica, el MERCOSUR ha resultado más favorable al régimen que a la libertad venezolana, pues le permite presentarse como parte de un club “respetable” de naciones, mientras encubre su naturaleza criminal y de influencia ideológica socialista.
Es difícil olvidar cómo, en su rol de embajador en Argentina, a principios de marzo de 1999, González fue el acompañante personal de Hugo Chávez en una gira propagandística cuidadosamente diseñada para manipular la percepción pública. El objetivo era blanquear la imagen del caudillo, diluir su carácter de militar comunista y presentarlo como un líder aceptable ante la comunidad internacional.
El 11 de abril de 2002, militares venezolanos derrocaron a Hugo Chávez por sus abusos de autoridad. Sin embargo, el 13 de ese mismo mes, la llamada “oposición”, en complicidad con sectores del chavismo, lo restituyó en el poder con la excusa de que había ganado democráticamente las elecciones presidenciales.
Apenas nueve días después de aquel alzamiento patriota, el 20 de abril de 2002, González se alineó abiertamente con el chavismo, defendiéndolo e impulsándolo ante las masas como un líder democrático, y traicionando a los militares que habían intentado liberar a Venezuela de un régimen autoritario que ya mostraba sus primeras señales de tiranía.
“El Presidente Hugo Chávez ha diseñado y ejecutado un proyecto geopolítico internacional que persigue servir de expresión de un movimiento continental para aglutinar a las fuerzas de izquierda radical que se mueven en el hemisferio y que están enfrentadas ideológicamente a los Estados Unidos. Este proyecto apunta a la creación de nuevos polos de poder en un intento por provocar el debilitamiento de la hegemonía del imperialismo norteamericano”, señaló González.
En un artículo publicado por González en 2006 —en el que elogia la alianza y la “relación estratégica privilegiada” entre Venezuela y el régimen cubano — señaló: “El mensaje político de Chávez ha tenido éxito en momentos en que la democracia se muestra incapaz de revertir las condiciones de inequidad que atraviesan muchas de nuestras sociedades”.
Y añadió: “…no hay duda de que constituyen una pieza invalorable de la estrategia venezolana, que se ha traducido en un robustecimiento del liderazgo y la influencia de Chávez, no solo en el ámbito regional sino en la escena internacional.”
El propio González dejó claro su rol el día del fraude del 28 de julio de 2024, cuando junto a María Corina Machado pidió al pueblo que dejara de protestar y regresara a sus casas, sofocando la indignación popular. Poco después, afirmó que sería juramentado el 10 de enero de 2025, una farsa grotesca que solo sirvió para calmar a la gente y darle oxígeno al régimen.
Su incoherencia quedó aún más evidente al abandonar Venezuela en el avión presidencial del corrupto Pedro Sánchez, jefe de la Internacional Socialista, mostrando a quién realmente responde. Peor aún, González ha rechazado el uso de la fuerza para liberar al país y llegó incluso a declarar que el chavismo “es democrático” y que debía promoverse un gobierno de unidad con ellos: “El chavismo tendrá en nuestro gobierno una puerta para una participación política”.
La trayectoria de Edmundo González no lo muestra como un opositor, sino como un operador más del chavismo, disfrazado de candidato opositor para perpetuar la tiranía.

Sin embargo, el peligro nunca se ha limitado a Venezuela. Existen pruebas de que entre 2018 y 2019 el régimen de Nicolás Maduro, en coordinación con sus aliados castro-chavistas, puso en marcha una sofisticada campaña de subversión dirigida contra los propios Estados Unidos.
Decenas de millones de dólares fueron canalizados para comprar influencia, manipular narrativas y comprometer la política estadounidense desde dentro. No se trató de cabildeo en el sentido convencional, sino de una operación de inteligencia cuidadosamente coordinada para neutralizar cualquier desafío legítimo al poder de Maduro.
En 2018, el excongresista republicano de Miami David Rivera, firmó un contrato de 50 millones de dólares del régimen de Maduro para rehabilitar la imagen del dictador y abrir canales de cabildeo a su favor en Washington. Rivera reconoció posteriormente que 15 millones de ese dinero fueron dirigidos a Leopoldo López, el líder de Voluntad Popular, la organización política a la que pertenece Juan Guaidó.

El mismo grupo que el mundo fue instruido a abrazar como la supuesta “oposición democrática” de Venezuela estaba, al mismo tiempo, recibiendo dinero del régimen al que decía resistir. Eso no fue oposición: fue traición empaquetada como legitimidad.
Toda la opoficción forma parte de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), lo que en la práctica significa que todos son chavistas encubiertos y miembros del Movimiento Socialista Internacional, bajo la lupa de la diversidad de leyendas diseñadas desde La Habana. Lejos de ser oposición, se han hecho millonarios en sociedad con el narco-régimen, asfixiando la libertad de Venezuela y desplegándole la alfombra roja al comunismo.

Ni a Capriles, ni a Guaidó, ni a Machado les importa lo más mínimo su reputación. Ni ellos ni toda la MUD sienten dolor por lo que vive el pueblo
venezolano. Su única preocupación es perder las fortunas, contratos y privilegios acumulados durante años de complicidad con el régimen. A esto se suma la afinidad ideológica: entre socialistas y comunistas se entienden porque son lo mismo.
Lo que las administraciones estadounidenses y otros gobiernos extranjeros no han entendido es cómo funciona el sistema de las Dos Izquierdas en Venezuela: la libertad de Venezuela no puede impulsarse con nadie de la nomenklatura MUD–PSUV —la llamada “oposición” representada por la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) y el gobernante Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV)— ni con quienes orbitan a su alrededor. Con peleas ficticias, han empujado a los venezolanos a una elección falsa tras otra bajo el yugo de la tiranía.
La oposición “oficial” ha sido cómplice e instrumento del propio chavismo demasiadas veces. Envuelta en la bandera de la unidad, ha pactado en secreto, legitimado farsas electorales y garantizado la supervivencia del régimen bajo la fachada de una “transición democrática”. Lejos de confrontarlo, estas facciones lo han protegido, ofreciendo la ilusión de cambio mientras traicionaban sistemáticamente al pueblo venezolano.
La razón por la que muchos en el exilio todavía se tragan los teatros de la opoficción es sencilla: la narrativa está secuestrada por medios tradicionales y alternativos diseñados para dominar la percepción colectiva. Estas maquinarias de propaganda fueron creadas para imponer un liderazgo falso, fabricado a la fuerza, y para convencer al mundo de que solo esas figuras encarnan “la oposición legítima”.
A esto se suma el gigantesco financiamiento internacional que reciben, recursos que no se destinan a liberar a Venezuela, sino a sostener un espejismo que prolonga la farsa. El resultado es un exilio manipulado y atrapado en un guion calculado, el mismo que ha mantenido viva a la tiranía por más de 26 años.
Es necesario recapacitar y cambiar la estrategia, hoy claramente fracasada tras casi tres décadas bajo la misma dirigencia política, y en su lugar apoyar a luchadores como los del movimiento Rumbo Libertad y a su servidor, Eduardo Bittar. Esto implica respaldar una resistencia genuina contra la tiranía chavista y contra sus cómplices, hoy disfrazados de oposición.
He estado activo en la política desde 2007. Organicé células de resistencia, enfrenté al chavismo en las calles y, tras ser perseguido, me vi obligado a exiliarme en 2017. Hoy soy coordinador general de Rumbo Libertad, un movimiento reconocido por su denuncia frontal contra la falsa oposición que convive con el chavismo. Mantengo además una estrecha relación con líderes conservadores como el expresidente brasileño Jair Bolsonaro y su hijo Eduardo Bolsonaro, quienes han reconocido públicamente a nuestro movimiento como el único que desafía de manera real al régimen chavista. He apoyado de manera firme, pública y en voz alta a Donald Trump en 2016, 2020 y 2024. No soy un político de salón ni un diplomático de alfombra roja, sino un rebelde incorruptible cuya trinchera está en las calles, cuyo campo de batalla es la verdad y cuya munición es la denuncia sin filtros.
Durante su primer mandato, Donald Trump canalizó millones de dólares a través de la USAID hacia el movimiento opositor encabezado por Juan Guaidó — reflejo de su genuino deseo de ver libre a Venezuela. Sin embargo, esta coalición de opoficción jamás lo respaldó, ni siquiera cuando él los sostenía política y financieramente. Fueron malagradecidos —algo que, en ellos, no es excepción sino parte de su naturaleza— y en 2020 ese mismo clan terminó alineándose abiertamente con Joe Biden.

La lección es inconfundible: seguir invirtiendo recursos, credibilidad y capital estratégico en esta opoficción no es estrategia, sino rendición. Solo garantiza el fracaso, fortalece al régimen y socava el liderazgo de Estados Unidos en el hemisferio.
Bajo el liderazgo del presidente Trump, Estados Unidos no debe repetir los errores del pasado con Venezuela ni con Cuba. Es hora de romper con los falsos intermediarios y, en cambio, empoderar a quienes representan una oposición genuina. Solo así podrá desmantelarse el castro-chavismo y restaurarse a Venezuela como una nación libre y un socio confiable de Estados Unidos en la defensa de la libertad. De lo contrario, si Washington continúa financiando a estos traidores —izquierdistas disfrazados de oposición—, Venezuela jamás se librará del problema.
